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Bonafede, P. (2025). Sentire l’educazione. Tatto e risonanza come prospettive di estetica pedagogica, Pensa MultiMedia, 288 pp.

  • editorteri
  • hace 6 días
  • 5 Min. de lectura

Sentir la educación, de Paolo Bonafede, propone pensar la educación como una relación interpersonal, estudiando imágenes y categorías adecuadas para devolver protagonismo al encuentro educativo. Prestar exclusiva atención a los resultados y ver la educación en aras del aumento del capital humano para satisfacer las necesidades de la industria, tiende a favorecer un inmovilismo intelectual, valorativo y práctico, y a olvidar que la educación es un valor independiente de su instrumentalización.

Apoyado principalmente en la tradición pedagógica alemana y anglosajona, Bonafede propone el tacto y la resonancia como imágenes y conceptos que se ajustan mejor al acto educativo. Antes que tratarlo como objeto de conocimiento, educar es abrir al mundo como algo presente, sentido, a fin de lograr una experiencia (Erlebnis) auténtica de relación con la realidad y con las otras personas. Coherente con este cambio de foco, el libro propone sustituir el criterio de responsabilidad, que puede bloquear la educación y frustrar una vocación docente, por el de rendir cuenta (accountability), que asume el riesgo de una lógica prudencial y es consciente del carácter artesanal de la educación.

Tacto y resonancia son habitus, actitudes con las que afrontar la educación. El «tacto pedagógico», noción proveniente de Herbart, con antecedentes en Voltaire, Dugald Stewart y Kant, entre otros, y ampliamente recibida en la pedagogía contemporánea, es la capacidad del educador de percibir y responder creativamente a los requerimientos de un contexto educativo. El tacto suple los huecos de la teoría; es la agilidad mental que permite actuar veloz y resueltamente en situaciones imprevistas, sustraídas a una planificación obsesiva. Supone gusto por lo no programable y capacidad de obrar sin mucha deliberación (Herman Nohl). No solamente lo imprevisto no impide la educación, sino que ofrece una oportunidad que el buen docente sabe aprovechar. El tacto pedagógico representa entonces el punto más elevado del arte de educar. Sin embargo, que la educación sea un arte práctica y no consista en la mera transmisión de fórmulas no excluye la necesidad de la preparación disciplinar rigurosa ni la exactitud técnica.

La noción de tacto pedagógico encuentra en Max van Manen, continuador de Otto Bollnow, su desarrollo conceptual más importante (The Tact of Teaching, 1991; Pedagogical Tact, 2015). Si la pedagogía es eminentemente ciencia del singular, junto a la teoría se hace necesario cultivar una especial sensibilidad. Del permanente riesgo del error se sigue también lo imprescindible de desarrollar el tacto como lenguaje práctico. Van Manen lo entiende como la búsqueda de un balance entre reflexión y espontaneidad, como un comportamiento thoughtful, que supone conocimientos y capacidad reflexiva, pero también thoughtless, ya que se muestra en situaciones nuevas e inciertas, consecuencia de una realidad no siempre disponible y que exige algún grado de intuición.

El concepto de resonancia está tomado del sociólogo alemán Hartmut Rosa (Resonanz y Resonanzpädagogik, ambos de 2016). En sintonía con el binomio thoughtful-thoughtless, resonancia es comunicación a partir de la solicitud recíproca, pudiendo cada uno recibir y ser recibido por la capacidad perceptiva del otro. De esta dialogicidad se sigue el potencial transformador del encuentro. Continuando con las imágenes, resonancia y tacto son posibles en una determinada atmósfera, reflejo de un carácter interpersonal: respetuosa, pesada, perturbada, oprimente, de confianza, seguridad, alegría, etc. (Bollnow). Toda dimensión vital tiene una tonalidad afectiva, una cierta carga atmosférica, y la educación está vinculada a la vivencia, no menos que al conocimiento.

Aceptando la reflexión de Adorno, para quien el pensamiento conceptual reduce la diferencia a identidad, a uniformidad, Rosa propone el paradigma de la resonancia como alternativa al recorrido de la modernidad tardía, de la aceleración a la alienación. El tiempo escasea cada vez más, porque se necesita llenarlo de actividad para no quedar atrás. Eso genera alienación, ya que no se llega a ser uno mismo, sino que se está siempre corriendo dentro de un sistema en constante movimiento. Se pierde así paulatinamente la conexión con las cosas, consigo mismo y con los otros. Forzado a cambiar constantemente, uno ignora quién es realmente. Este momento crítico es necesario, pero al servicio de una pars construens, porque el mero discurso de protesta perpetúa la distancia e impide el momento propositivo. La pars construens consiste en encontrar «ejes de resonancia», que son de tres tipos: horizontales (entre las personas), diagonales (con el mundo) y verticales (con aquello que supera a las personas: Dios, la Historia, la Naturaleza, el Arte). En particular, sería deseable profundizar los estudios sobre la religión como eje vertical de la educación, como una dimensión que da un sentido profundo tanto a nuestra inserción en el mundo como a la relación con las otras personas (Gert Biesta).

Así, se trata de sustituir el triángulo de la alienación por el triángulo de la resonancia. La tensión, la extrañeza o el rechazo que puedan surgir en el aula son otras tantas ocasiones, a veces necesarias, para el encuentro educativo. El educador crece también cuando ya no ve al estudiante como una especie de obstáculo o amenaza, sino como alguien a quien transmitir entusiasmo e interés. El desafío de la educación es formar personas capaces de vivir una vida buena y llena de sentido, para quienes el conocimiento y las habilidades son “instrumentos para la realización de sí mismos y del bien común” (174). Es crear las condiciones para la resonancia con los intereses y la vida de los estudiantes.

Tres de los antiguos conceptos trascendentales se muestran esenciales en la educación, tanto por su unidad como por su diferencia: verdad (conocimiento), bondad (vida buena) y belleza (resonancia), son tres dimensiones de la realidad que se unen en la persona y revelan el vínculo intrínseco de esta con la totalidad de las cosas. La resonancia, inseparable de la corporeidad, pone en evidencia lo que vale la pena, ya que el cuerpo tiene o, más bien, es una capacidad pre-reflexiva de resonar, es nuestra relación primaria con el mundo (Merleau-Ponty) y fundamentaría la actitud moral hacia él (Adorno). Si la afectividad es un dejarse tocar por la realidad, la emoción muestra que no consiste en un simple eco, sino que en ella se revela la voz de ambos, sujeto y mundo. El cuerpo es así una cuerda vibrante (Rosa, siguiendo a Adorno) de valor tanto estético, como cognitivo y ético. Dice Bonafede: “educación, aprendizaje y enseñanza no son procesos puramente cognitivos, sino que implican al entero ser en una dinámica que tiene origen en el nivel sensorial y en una percepción estética que, en la lógica del tacto y de la resonancia, llega a ser substrato decisivo” (219).

Una pregunta recurrente es acerca de la posibilidad de formar en el tacto y la resonancia. Así como el tacto pedagógico supone que no se puede controlar todo, el intento de asegurar la resonancia en el aula puede inhibirla. A pesar de esta dificultad, para ambos vale que se pueden trazar caminos de mejora (Francisco Rovea). Dos requisitos esenciales en el educador son, paradójicamente, la conciencia de la propia falibilidad y vulnerabilidad, y la creencia en la propia eficacia (Albert Bandura). Contar con la propia falibilidad no debe bloquear, sino llevar a un aprendizaje continuo, fomentando la reflexividad y la adaptación permanentes. Errores y defectos no son obstáculos insuperables, sino que dan ocasión a tender puentes con los estudiantes para un crecimiento conjunto. Por razones análogas, no todo es actualización tecnológica e «innovación educativa», y la experiencia de la propia eficacia, orientada al proceso, debe complementar el foco en los resultados. El riesgo no se puede eliminar y el intento de asegurar un resultado suele empobrecer la experiencia e impedir el crecimiento personal, tanto de educadores como de estudiantes. Buenos resultados en los exámenes, pero también “ojos que brillan” en la clase.

El texto de Bonafede puede leerse como una contribución a la investigación pedagógica, pero también como una invitación a reorientar la práctica educativa y la formación docente. A quienes se desempeñan en estos ámbitos, aportará ideas, reflexiones e información invaluables. Además de su riqueza fenomenológica y de la erudición histórico-filosófica desplegada, ofrece numerosas herramientas conceptuales y ejemplos concretos para que quienes sientan el cansancio, la aspereza y quizás hasta la frustración del enseñar, puedan tomar nuevo impulso y repristinar su bellísima vocación.

 


Juan Francisco Franck

Universidad Austral. Argentina




 
 
 

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