LA RELACIÓN EDUCATIVA EN UN MUNDO DIGITALIZADO: PARADOJAS DE LA HIPERCONEXIÓN
- editorteri
- 7 abr
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Eduardo S. VILA MERINO y Victoria E. ÁLVAREZ JIMÉNEZ
Universidad de Málaga. España.
Nuestro artículo es una invitación a pensar pedagógicamente sobre un tema que consideramos de gran trascendencia social: la importancia de las relaciones educativas como elemento central de todo proceso educativo y los desafíos que nuestro mundo hiperconectado y digitalizado está planteando para su desarrollo.
En un contexto social dominado por pantallas y redes, donde los capazos y carritos de bebés se venden con extensiones para colocar los móviles o tablets, donde el número de horas de uso de los dispositivos digitales está creciendo exponencialmente, donde parece que se asocia la innovación en el ámbito educativo al uso de tecnologías digitales, donde se construyen realidades entre complementarias y paralelas entre el universo material y esa nueva materialidad asociada a la hiperconexión, donde los algoritmos trazan líneas de pensamiento y corrientes de opinión donde la pluralidad, el disenso y la crítica dan paso a concepciones dogmáticas y más emocionales que racionales del acceso y uso de la información… En ese contexto consideramos que es fundamental apostar por el fomento de las relaciones educativas como un tipo especial de relación intencional cuyo ‘objeto’ es el educando. Esto confronta con una realidad donde vivimos hiperconectados y las relaciones se enredan en el mundo virtual. Las redes sociales, la inteligencia artificial o los diseños de aprendizaje informatizados, han venido para quedarse. Por eso consideramos que el debate del uso de la tecnología debe estar subyugado al de los fines de la educación, más si cabe en un tiempo donde el conocimiento pedagógico se encuentra infravalorado. El símil médico es siempre ilustrativo: es como si, a la hora de diseñar un software para un robot destinado a ayudar a realizar intervenciones quirúrgicas, no se tuviera en cuenta en conocimiento médico para realizarlas.
Para ello, desarrollamos una serie de elementos en forma de paradojas que nos permiten pensar social y pedagógicamente este asunto tan importante.
- La paradoja de la atención.
La paradoja de la atención plantea que la hiperconexión hace que el tiempo discurra en un eterno presente de novedades, un estar entretenidos como seres de consumo que se confunde con ocio, donde una cosa es captar la atención, otra mantenerla y otra poder utilizar la atención como un proceso necesario para desarrollar actividades intelectual, emocional y relacionalmente estimulantes. Por ejemplo: los vídeos (uno de los recursos también más utilizados en el ámbito educativo) deben ser cada vez más cortos, directos y 'sorprendentes' para captar esa atención. Si son largos, cada vez se ven menos (hay estadísticas al respecto). Vivimos entonces en una sociedad donde la capacidad de sorpresa y el neofilismo son hegemónicos, pero donde estamos perdiendo esa capacidad de estar concentrados en algo y también la capacidad de asombro, que es antesala de la posibilidad de conocimiento. En el mundo mercantilizado de las pantallas, la atención y la espera no son dimensiones valiosas, sino que se distorsiona la forma ética de mirar, ya que podemos acabar siendo igual de sensibles a los horrores de un genocidio como el de Gaza que a anuncios publicitarios. Por eso es importante corporeizar las relaciones y dotarlas de elementos educativos, unas relaciones que requieren tiempo, cultivo y arraigo, que nos exigen y nos vinculan.
- La paradoja de la actividad
Estamos permanentemente haciendo cosas en el mundo virtual, acelerando nuestros ritmos vitales a golpe de pantallas, y es cada vez más frecuente ver a niños pequeños pegados a las pantallas mientras sus familias o acompañantes comen en un restaurante o están reunidos. Se transforman en un distractor, en un aislante del contexto y del mundo exterior, en una manera de perder de vista la realidad, en un 'no molestar'. Hacemos cosas, pero nos mantenemos pasivos ante el mundo, las pantallas nos atrapan y hemos normalizado pasar horas mirando el móvil, hemos normalizado que el mundo de muchos adolescentes esté absolutamente enredado y mediatizado por la tecnología, y lo hacemos sin dar muchas veces ejemplo las personas adultas, sin plantear las repercusiones a largo plazo de esto, sin vehicular adecuadamente los problemas relacionales, de aislamiento y de gestión emocional que conlleva anexo. Es frecuente ver a un grupo de jóvenes juntos, pero sin mirarse ni hablarse directamente sino a través de sus aparatos tecnológicos, entre ellos y con otros, y prefiriendo esa forma de comunicación y coexistencia a conversar y al diálogo analógico. Por eso insistimos en que es más necesario que nunca poner en el centro de lo educativo lo relacional.
- La paradoja de la memoria
Usamos las pantallas, y sobre todo el móvil, para casi todo: no hace falta retener, reconocer u orientarnos, surgiendo la denominada amnesia digital. Dejamos de memorizar información importante confiando en la posibilidad de recuperación inmediata desde el mundo digital, delegamos nuestra memoria no ya en una agenda (física o virtual), sino que lo estamos llevando al terreno de pensar que cualquier memorización es innecesaria, reivindicándose esto desde determinadas corrientes poco pedagógicas. Todo lo que buscamos lo hacemos hiperconectados, lo cual implica también limitar las relaciones sociales: no preguntamos direcciones por la calle, no preguntamos recetas a la abuela, nos asesoramos en temas de salud con las primeras páginas que salen en los buscadores (sin conocer los criterios de selección de esa información y su fiabilidad), nos fiamos más de una IA que del prójimo o un libro. Pedagógicamente, esto tiene consecuencias, como por ejemplo en la merma de la capacidad de análisis crítico y afecta a nuestra capacidad de toma de decisiones, porque si nos acostumbramos a delegar, determinados procesos cognitivos y emocionales se atrofian o no se desarrollan como debieran.
- La paradoja de la privacidad y la prohibición
La privacidad es un bien también de mercadeo, y que se ha transformado desde esa necesidad de mostrar lo que hacemos en todo momento, siendo esto más prioritario que la experiencia en sí para muchas personas. Mientras, mostramos o cedemos información privada a través de cada app que utilizamos, con unas consecuencias que se empiezan a vislumbrar, desvirtuando la propia idea de ocio. Por eso hay que romper con la visión de inevitabilidad de la tecnología y entender que sus problemas y virtudes son los de quienes la creamos y están en función de su uso. De ahí la necesidad de que se regule y se limite y de que esto no se tenga que ver como una falta de libertad. Esto lo decimos también por los debates en torno a la prohibición de los móviles en los centros educativos. En este sentido, hay que distinguir dos cuestiones: que el juicio pedagógico debe ser el principal argumento (y no modas surgidas de las redes sociales) y que hay que distinguir siempre entre prohibir y reprimir, igual que entre autoridad y autoritarismo, dos cuestiones básicas para la construcción de relaciones educativas.
Finalmente, abogamos por una educación donde la actividad y el conocimiento no dependan de la tecnología (aunque pueda utilizarla si es pedagógicamente pertinente), donde la experiencia con los demás no esté subyugada a mediaciones tecnológicas y donde nuestra privacidad sea de nuevo un valor y no una mercancía. La empatía, la acogida, la verdadera comunicación, el contacto humano son irreemplazables, y si renunciamos al fomento de relaciones educativas, uno de los fundamentos de la educación se quiebra.




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